
Dirijo a ustedes esta renuncia pública, pues público fue mi ingreso en esas instituciones.
Habitualmente las renuncias apuntan a lo que se gana y no a lo que se pierde. Donde dice renuncia, se lee denuncia, la ganancia de la renuncia.
Sin embargo, en este caso renunciar a las Escuelas del Campo Freudiano, en las que he sido admitido hace ya muchos años, significa perder ciertas posibilidades.
A un lugar multitudinario, con lugares donde es posible publicar, instituciones que tienen un sitio asegurado en la comunidad psicoanalítica.
Instituciones que agregan a su carácter de masivas un aspecto de Escuela. Entonces, no sólo dictan seminarios, conferencias, o sea enseñan; además poseen actividad política, cual un pequeño Estado.
Presidente, secretario general, consejo, directorio, carteles, pase. ¿Qué cargo creado al compás de la Revolución Francesa no está en estas instituciones? Y luego, se gira en las permutaciones: aquél que hoy es tesorero, mañana es presidente, y después director.
Estas escuelas, afanosamente, acaparan dinero, aunque nadie sabe bien para qué es necesario. Quizás para la formación de los analistas, pero tampoco es muy claro.
Pues todos estos bienes, eso pierdo, a eso renuncio.
Por ejemplo, a ser director, ya que teóricamente cualquier miembro puede ser director. Conste que el aspecto de su funcionamiento institucional es irreprochable. Lo criticable es que se quiera hacer pasar por Escuela Lacaniana lo que es un Grupo Freudiano.
¿Qué obtengo al marcharme? Pues ahora debo contar la ganancia. Ante todo, tomar una posición imprescindible respecto al Discurso Analítico, a sus condiciones y posibilidades.
No hay, se dice en las escuelas del campo freudiano, psicoanalista sin escuela. Se denomina al analista sin escuela «anarlista», horrible palabreja mezcla de analista y anarquista. Con esto se quiere nombrar a quien no acepta controles, algo por «arriba». Esto se aplica aun a analistas que han publicado textos con indicaciones y quehaceres clínicos, lo cual es toda una forma de exponer una práctica y realizar un control, al menos de control ciudadano. En cambio, sólo se admite el pensamiento y el quehacer del ciudadano-escuela o lo que es lo mismo, el analista-secta.
Pero, en fin, se trata en definitiva de no modificar nada, de no transformar nada, de subsistir en una mediocridad sin ideales y, peor aun, sin ideas.
Recuerdo que llegué a las escuelas del campo freudiano llamado a una batalla (esa palabra tan viva, tan de camaradas, codo a codo, floreciendo en palabras de la razón, trabajo vivo), contra los que habían tergiversado a Freud, contra quienes habían hecho de Freud un «adaptacionista», una confortabilidad del pensamiento burgués, un justificador de la violencia cotidiana de una sociedad injusta, un exaltador de lo individual. Eso se había realizado con Freud. Y fue Jacques Lacan quien dio vuelta esto poniendo la revolución freudiana nuevamente en marcha. Cuestionó ese modo de pensar, con ironía y sin ceder a un pensamiento fácil ni débil.
Las escuelas lacanianas han hecho con Lacan lo mismo que la Internacional de Psicoanálisis con Freud: lo han volcado en el plano de lo igual, de lo sin rostro.
Así, luego de ver lo que pierdo, es más lo que obtengo. La renuncia se ha transformado ahora en denuncia de ciertas condiciones. Por eso me voy.
Pero ¿sólo por esto marcho hacia un destino individual, sin posibilidad de escuela? No puedo permitirme el lujo, como psicoanalista, de no ubicarme en la Escuela de Lacan. ¿Qué escuela es esa? Aquella que parte de la Proposición de Octubre de l967, de Jacques Lacan. En definitiva, allí nos muestra la diferencia entre Escuela e Institución.
Tomaré en este punto un trabajo de cartel, que se denominó «La escuela vacía», publicado en l996, con modificaciones.
Freud describe las estructuras de ejército e iglesia. Lacan ubica además las coordenadas del discurso universitario en lo institucional. Recordamos que lo institucional es lo que universaliza. El dilema es, entonces: ejército, iglesia o universidad.
«Debe de haber», quizás, una institución que responda al discurso que no hace lazo habitual conocido. El discurso del analista agujerea los lazos sociales conocidos hasta ahora, resaltando lo que éstos permitían mantener sujeto y velado.
El discurso analítico lo hace así al producir el inconsciente. Freud propone un nuevo lazo. Pero ¿ese lazo es actual? Por ahora no parece así. Por el contrario, se apela a los lazos conocidos, los que funcionan como gregarización. Con ellos se agrupa a los analistas.
Sin embargo Lacan produce en este asunto un vuelco: plantea la posibilidad de una escuela que fuese limitada como institución. Una escuela que no instituyera más que al discurso del analista. Por ello las propuestas de pase y cartel, que son dos modos de descentrar el funcionamiento automatón de una institución. El cartel, y no el directorio, pasa a ser el órgano de base de la escuela. Una escuela puede existir sin directorio, pero no sin cartel. El pase queda, asimismo, situado respecto al cartel. No hay pase sin cartel. No hay cartel sin escuela. Pero el cartel funda la escuela.
El poder de la institución, mal o bien, es diferenciar los saberes y jerarquizarlos. El problema difícil de ubicar es cuando estos saberes son atrapados como servidumbre del fin «en sí» de la institución. Un puro ejercicio de la institución, proveyéndose a ella misma. En ese caso funciona algo que no puede ser relevado ni tampoco puesto en claro porque atentaría contra la institución misma, contra sus dispositivos destinados a perpetuar poderes establecidos, modos inamovibles.
Esta institución es similar al ejército, la iglesia o la universidad, que se sirven a si mismas como instituciones. Son los grandes organizadores de la pulsión de muerte. Así se desprende del texto «El malestar en la cultura». Este vínculo a la pulsión es lo que en estas instituciones no puede ser revelado.
El silencio, la insistencia de la pulsión, el no cuestionamiento de los conceptos, la falta de verdadera controversia sobre el ejercicio de la práctica fue lo central de la crítica de Jacques Lacan a la Internacional (IPA). Teníamos de este modo una evidencia de lo que no debía hacerse para construir una escuela a la medida de un nuevo discurso, y de lo que debía hacerse.
Las escuelas del Campo freudiano lo resolvieron: un poco de iglesia, un poco de cartel y pase. Un poco de burocracia, un poco de Lacan. Creen que se puede nadar en el lenguaje sin ningún riesgo. Ahora bien ¿se trata entonces de que alguien «gestionaría» mejor? Pues de eso se trata, en definitiva: una institución necesita gestores. La gestión es propia de una institución, ¿lo será igualmente en una escuela? En una institución, necesariamente, su agalma es el poder, ¿lo será asimismo en una escuela?… O tal vez se apunte a un nuevo poder: el del cartel, que deja el poder de lo Uno como lugar vacío donde se anillan variantes y vertientes.
¿Cómo no entrar en la confusión si no se preserva el lugar del vacío en una escuela? ¿Cómo podríamos distraernos, si pensamos que su lugar está asegurado, en lo que de la escuela se institucionaliza?
Escuchemos lo que está escrito en la revista de la Escuela de Orientación Lacaniana, «El caldero de la escuela», Nº 28: «Si captamos que en la intención de Lacan, el trabajo de la escuela pasaba por el cartel y no el seminario, la conferencia, etc»…»el plan Lacan no se realizó jamás. Según este plan el trabajo de la escuela se ejecuta por carteles. Si hay cursos, seminarios, conferencias, esto se hace por fuera de la escuela.»
«…Aplicar el plan Lacan de 1964, sería poner fuera de la escuela o en su entorno, todo lo que sea seminarios, conferencias, cursos, y dejar un espacio central libre para el trabajo de «escuela», ejecutado según el principio de una elaboración sostenida en un pequeño grupo. De este modo, la escuela del pase sería entonces la del cartel.»
A esta altura de los acontecimientos entonces, ¿es posible el plan Lacan?
El cartel y el pase son los dispositivos que descubrió Lacan para agujerear la institución, para que institución y escuela se mantengan a la máxima distancia.
Ubicar una máxima distancia implica mantener la una irreductible a la otra: sólo hay Una si no hay lo Otro. No hay eliminación de la institución, así como no lo hay de los ideales en el fin de la cura, pero, de estar en juego el deseo del analista, no hay duda de que su lugar está en la Escuela de Lacan.
¿Son los dispositivos de la escuela los que dan la dirección política, o la política es la que dará su verdadero lugar a esos dispositivos?
La política que se tome puede forcluir a Lacan y a su plan, aun cuando introduzca en una institución los dispositivos de Lacan: la institución con su política reabsorbe en ella al cartel y al pase, haciendo falso tanto el cartel como el pase. Pues el cartel será presidido por un plus-un de prestigio; no uno-más, sino más-que-uno. Y el pase, una falsa jerarquía que se mide por el grado de acatamiento y lo soez de su negociación.
La institución debe estar fuera de la escuela. Y allí hará sus cosas.
La escuela no tiene líder, ni jefe, ni masa, ni multitud. Tiene cartel y pase. Nada material para repartir. Ni edificio, ni cotización, ni emblemas. Sólo trabajo y red.
Y en cuanto al pase, aún nos queda averiguar, con muchos carteles que lo discutan, qué cosa es exactamente.
Por todo ello, y por considerar que las escuelas del Campo Freudiano no cumplen estas condiciones ni se proponen hacerlo, ni tampoco otra escuela de las que existen, renuncio.
Y ahora, el futuro. Hacia la Escuela de Lacan.
José L. Slimobich
