En este momento estás viendo Propuestas para un psicoanálisis del siglo XXI

Propuestas para un psicoanálisis del siglo XXI

  • ¿Qué queda del origen? –
  • El tiempo (la detención de la máquina)
  • ¿Qué temporalidad le queda al inconsciente?
  • El escaparate sin respuesta
  • ¿Paranoia o paradojas del goce?
  • Crónicas de la saturación
  • Lituraterra y letra de la pulsión (No hay relación sexual)

EL PSICOANÁLISIS es el discurso más joven generado por la cultura que conocemos. Desde sus orígenes navega en los entresijos de la religión, de la ciencia y del arte, consiguiendo sobre ellos efectos que se tomaron como una revolución. Sin comportarse como una teoría de la interpretación al uso, teje sus propuestas cuestionando la veracidad de axiomas anteriormente incuestionables, abriendo la pregunta por los síntomas de la moral y rompiendo la representación realista de la mirada – lo que está dentro pasa a tener una representación-, así los principios básicos dejaron de ser certezas para pasar a ser acuerdos y creencias, se pasa de la fe en Dios a la fe en la razón. De manera que, a diferencia de las teorías evolutivas, descubrió un camino claro de ida y vuelta entre la fe y el saber.

La humanidad no progresa hacia nada, sino que se mueve por pasiones: amor, odio e ignorancia. Ningún atisbo de racionalidad dominante. El psicoanálisis nace en un gozne muy especial: la gran articulación entre el progreso de las ciencias y la implantación de la economía burguesa. Dicho cosido produjo un sistema económico muy inteligente, capaz de conjugar economías antiguas con nuevos regímenes financieros, desvinculando por primera vez al hombre de lo trágico. A medida que el capitalismo se ha vuelto global la realidad se inunda con sus brillos y sus síntomas, generando espectaculares vacíos sin retorno.

Así se ha vuelto cada vez más difícil implantar sistemas más justos de una forma más o menos general. Con lo cual se va fraguando un sujeto que, considerado patológico en otros tiempos, se torna normalmente aceptado en el presente. En cada época se aceptan como normalidad diferentes estructuras clínicas. En la época de Freud, el sujeto normal era el sujeto neurótico, debido a que la cultura reprimía la investigación sexual, la infancia era considerada un limbo y los deseos de muerte sobre el ser querido eran orillados. Quizás, nuestra época se postule como más productora de psicosis y esquizofrenias, debido a la implantación del suplemento técnico, al aislamiento del individuo y a la interiorización de la culpa.

¿CÓMO SE ESCAPA DEL CONSEJO y a la vez del absurdo de la rata en el laberinto?

El modelo imperante es el sujeto escindido entre la división del trabajo y la alienación al objeto del consumo. El capitalismo ha fabricado un sujeto que satisface sus necesidades con objetos que no podrá fabricar POR SI MISMO en toda su vida laboral, con una aceleración progresiva a medida que se sustituye la manufactura por la máquina, los procesos de producción se vuelven cada vez más veloces y, a su vez, esto produce un hombre que no tiene por qué conocer su entorno para vivir, sino que prima sobremanera la ignorancia sobre los procesos contiguos a su dedicación, y le genera la sensación de que cuanto más se aísle mejor se va a portar el sistema con él. Sistema QUE SECUESTRA su capacidad de oposición o protesta contra un orden establecido, con apariencia anónima y presencia anómica, excepto en los umbrales de su caída, donde la ley se vuelve más punitiva. El sistema elimina o compra cualquier competencia.  Después del enorme progreso del neoliberalismo, la única competencia, que ni siquiera tambalea su estructura, son las diferentes facciones del capitalismo. De ahí que aparezca la pregunta acerca de los posibles caminos del psicoanálisis en medio de un sistema que se ha demostrado aniquilador de discursos y que produce infinidad de malestares a los que proporciona salidas espurias, no vinculadas al deseo, sino a la solución de síntomas molestos a la EFICACIA y al mercado.

¿Qué queda del origen? El psicoanálisis surge para dar respuesta a síntomas que producían ciertas mujeres y para los cuales la ciencia no tenía ninguna solución, pues aparecían en lugares donde el órgano estaba totalmente sano. Lejos de pensar una solución inmediata, el psicoanálisis da lugar a un discurso, producido fundamentalmente por mujeres, que prácticamente no tenían sitio en el saber oficial, y toma de la evolución de la histeria la arquitectura de su objeto, a saber, el deseo. Ese deseo no se piensa como satisfacción inmediata sino como prolongación algo más allá de lo que en origen lo produce. Introduce en su estructura de la falta, inaugurando los no-conceptos (Umbegriff), no como anticonceptos, sino como formas que nacen de una expulsión del saber tradicionalmente protegido, solamente cuestionados por modos (eso sí, científicos) diseñados en fogones de llama baja.

A medida que el capitalismo progresa hacia su LÍMITE EXTERIOR – el agotamiento de los recursos y el calentamiento global- surge la pregunta por un fenómeno cada vez más implantado: la ecología del cuerpo. El capitalismo está globalizado y cuando la producción no consigue aminorar costes por medios mecánicos, se va externalizando hacia continentes cuya mano de obra y medidas de seguridad son más económicas, abaratando el producto mediante la reducción del salario, deslocalizando así su fabricación para consumirlos en terrenos lejanos a su origen; el sistema ha de producir recursos suficientes como para adquirirlos, para ello el valor es externalizado y dominado por lugares que no producen objetos de consumos, pero que tienen la capacidad suficiente para manejar los hilos financieros (bancos e índices bursátiles marcan el precio de cualquier valor). Interviene tan masivamente que tiene la capacidad de transformar las condiciones ambientales del planeta, lo cual agrede de manera directa a las condiciones de vida humana. Antiguas formas de vida quedan eliminadas por la evolución del consumo, devaluando la tierra que servía simplemente a la supervivencia.

EL ÉXODO A LAS GRANDES urbes es cada vez más evidente, campos vacíos y yertos, de modo que la vida urbana se implanta como falta de cálculo sobre la supervivencia, produciendo una agresión al hábitat que se vuelve íntima. Hay un extraño paralelismo entre los límites del capitalismo industrial y el cuerpo. Las formas estéticas anteriores se tornan caducas, el cuerpo es transformado por piercing, tatuajes, con transformaciones transomáticas y variantes transexuales. La pregunta es por qué esto es tomado como nuevas formas de manifestaciones sexuales. En estas manifestaciones se juega la identidad del propio cuerpo, el reflejo es importante para conformar la mirada, pero estos cambios no se debaten en la elección sobre el objeto sexual, – un hombre puede elegir ser mujer y que le sigan gustando las mujeres-, transforma su cuerpo, pero su elección sexual no varía. En cambio, estas transformaciones cobran la forma de protesta hacia una mirada demasiado tranquila, y una especie de reivindicación social de nuevos aspectos jurídicos que apoyen las decisiones sobre el propio cuerpo, pero dejan la pregunta abierta sobre si ésta es una elección narcisista.

De manera que las viejas histerias se volvieron más leves, pero ¿quiere esto decir que la pregunta por el deseo no tiene ya sentido? Por otra parte, coincidiendo con el fin del siglo XIX aparece un texto que va a determinar el desarrollo del psicoanálisis y la obra de Freud: “La interpretación de los sueños”. En dicho texto Freud trata la naturaleza libidinal de los sueños, pero no solamente la publicación de este libro arroja ese alumbramiento de los entresijos del sueño y su vinculación con el Wunsch freudiano (deseo), sino que el texto del sueño se propone como solución a encrucijadas prácticas.

EL MISMO Freud se apoya en un sueño suyo para redefinir su deriva clínica: “leo trimetilamina” pasa a ser la solución a la inquietud por una paciente, y determina la posición del analista, la responsabilidad subjetiva y la distancia de la escucha analítica con respecto a la amistad y al buen consejo.

¿CÓMO HACER con esto en la actualidad? ¿Cómo se huye del consejo y a la vez del absurdo de la rata en el laberinto?  (Jacques Lacan: “Aún” Seminario XX)

El modelo imperante es el sujeto escindido entre la división del trabajo y la alienación al objeto del consumo, que troca la demanda en objetos de satisfacción tan rápida como sus procesos; hay terapias, desde las que se cuestiona al psicoanálisis, que proponen soluciones de cura rápida promoviendo lugares de identificación que prácticamente no calan en la piel de lo inconsciente, el movimiento subjetivo es mucho menor que en épocas anteriores, y muchas veces presenta suplencias o exoesqueletos para el yo y solamente las personas que tocan la bóveda y el sótano de las identificaciones fabricadas por el sistema esgrimen algo del desencanto de soluciones poco críticas.

¿Qué lugar tiene el objeto de lo inconsciente en medio del desinterés por la duda? (Comentario surgido a raíz de una conversación con el psicoanalista José Slimobich) El tiempo (la detención de la máquina) ¿Qué temporalidad le queda al inconsciente? A partir de que Huygens (En 1656 creó el primer reloj de péndulo) inventa una máquina que mide el tiempo circular, el progreso es progreso a ninguna parte. Sin embargo, el tiempo interior deja de ser determinante y el general es tomado por la prisa. Se comienza a contar por unidades mensurables: segundos, minutos, horas, jornadas, tornillos, muescas, cabezas del alfiler, autos; pero nada es trascendente, excepto el objeto que ha sido acabado por pocas manos, muchos circuitos y algunas máquinas. El tiempo representa la cadencia de las unidades de interés del amo, el oficio es sustituido por la ejecución de las partes del mandato, y el producto acabado se obtiene por la compra, muy pocas veces por su manufactura. La mayor parte de los objetos consumidos son IMPOSIBLES DE FABRICAR POR UN SOLO HOMBRE, el progreso técnico ha acelerado los procesos de tal manera que la mano humana ha quedado lenta.

Pero la división del trabajo y los procesos de producción han alienado al hombre al objeto de mercado que baila y brilla delante de sus ojos fascinados. La realidad se ha vuelto espectáculo (Guy Debord “La sociedad del espectáculo”), queda poco tiempo para la pregunta, la duda, la reflexión; el sujeto del capitalismo no es ya el sujeto cartesiano, sino el sujeto tomado por el objeto técnico y su función, el consumo, la sustitución por la novedad y la exclusividad. La carrera es la diferencia por la posesión del efímero objeto, que marca la distancia de clase y la dimanación de su uso.

Este exceso de cálculo temporal representa también la tragedia humana contemporánea: la detención del tiempo laboral se percibe como un castigo del sistema. El capitalismo ha logrado vaciar de sentido las viejas luchas sindicales introduciendo una nueva creación del valor alejada de la suma de los procesos de producción, el valor se calcula por la capacidad de endeudarse que produce una nueva competencia, una nueva lucha, que ya no es proletariado/ burguesía, sino capitalismo productivo/capitalismo financiero (‘Debitocracia¡, concepto acuñado por Varoufakis), así el hombre queda aislado, convirtiendo el tiempo de alejamiento laboral en dimensión de lo inútil. La elección política es muy breve, la distancia entre la ultraderecha (defensora del capitalismo productivo y local) y la derecha (defensora del capitalismo financiero), la izquierda sólo es requerida para cubrir un parco testimonio electoral; amenazadas sus intenciones ideológicas por los compradores de deuda y el sistema fiduciario (bancos), gestores de los sueños de progreso social. El tiempo se convierte en desesperación y ansiedad ante la posibilidad de quedar fuera del sistema por un periodo más o menos largo (Me caigo del mapa, escuchado en una sesión por la psicoanalista Andrea Urdiales), los hombres a los 50 años y las mujeres a los 40.

Así, la ansiedad representa un síntoma de aislamiento y denigración social; el problema es encontrar la dignidad fuera de la esfera del progreso económico que tiende a eliminar y a colapsar las comunidades de ideas y el sentimiento popular.

EL ESCAPARATE SIN RESPUESTA. Desde los proyectos del barón Haussmann (Taló parte de los jardines del Palacio de Luxemburgo ‘Jardín del Luxemburgo’ para la construcción de nuevas vías, y trazó el bulevar de Sebastopol, cuya mitad meridional es actualmente el bulevar de Saint Michel, a través de un distrito populoso), las ciudades se empiezan a urbanizar con grandes avenidas que posibilitan el tránsito sin detención, la sensación de ir lo más aprisa posible desde un punto a otro de la ciudad fascina al habitante burgués, pero estos bulevares se construyeron para uso de mercancías y para evitar ese tipo de emboscadas y resistencias a las decisiones de Estado que representaban las revueltas ciudadanas del siglo XVIII y XIX (La comuna de Paris).

El tratamiento del espacio urbano FACILITA LA VELOCIDAD Y PRIVILEGIA un modo de contacto con el vecino que impide la cercanía, la mirada pasa al primer plano de la realidad. Analicemos esto: la mirada tiene que ver con el deseo, pero al contrario que la voz, aleja al sujeto del otro. Vivimos en la época de la imagen, donde una imagen dice más que mil palabras, pero ese sentido éxtimo (interior/exterior) que tiene el campo pulsional también supone que a la vez que se mira también se es mirado. Los satélites surcan la estratosfera, y ya para cualquier alteración del orden se consultan las cámaras que toman cada esquina del espacio urbano. Esto es inquietante ya que, como decía Jeremy Bentham “El panóptico”, lo importante para el control no es que el individuo se sienta vigilado siempre, sino no saber en qué momento es controlado. La imagen captada se vuelve control del espacio y cualquier acto se juzga con respecto al mejor bien (o el mal menor) con respecto al del sistema; se han consentido cárceles improvisadas en sótanos de centros comerciales sin garantías procesales y sin juicio alguno (“Ecología de miedo” Mike Davis), este modelo ya está más extendido. A esto se le ha añadido un ingrediente más, las redes sociales y las cámaras móviles, que suponen una acción más para un protagonismo extraño, la imagen colectivizada, las secuencias de sadismo que se ceñían a los particularismos de la agresividad la publicidad las convierte en consumo masivo.

El aparato técnico también aleja. Pero lo que es más resaltable a raíz de la implantación del objeto técnico en la vida cotidiana es que la realidad comienza a ceder interés en favor del espacio virtual, la realidad queda desvestida de ropajes de seducción, y la virtualidad cede a las pasiones el espacio que la realidad le coarta. En el mundo virtual se puede matar sin culpa, incluso se puede compartir una distancia con el otro, con el prójimo, sin que esto represente demasiada pena. Así, los nuevos espacios reticulares se tornan ontológicos (GAFA, Google, Apple, Facebook, Amazon)9, capturan gustos, tendencias, ideologías y nuevos modos de goce; representan una memoria que en muchos casos no se borra, dicha memoria no tiene que ver con la historia del sujeto, sino con la forma de exhibir la imagen propia ante el otro (Comité invisible: “Ahora”). Añade una preocupación, el uso de ellas, que abre la pregunta sobre el otro voyeur, ¿cuál es el problema?, que el voyeur busca sorprender al otro, no de cualquier manera, sino en los momentos más ruborizantes, en los momentos en que la intimidad es tomada por sorpresa (Jacques Lacan: Seminario del deseo Y SU INTERPRETACIÓN). El sujeto se vuelve voyeur, pero injerta un ingrediente más con relación al otro: LA PARANOIA.

 ¿Paranoia o paradojas del goce? “Sospecho la manera que el otro me dice por cómo hablan de mí” (comentario amistoso pillado al vuelo) La red ha derivado en modos de goce. Si al principio fue producida para comunicar voluntades lejanas con afinidades próximas, ahora se ha vuelto conexión de terminales con relaciones morbosas que concluyen en la irrisión y el abuso hacia el otro como goce sádico, gozar de una parte (Marqués de Sade: “Juliette” )o gozar de una imagen pervertida en millones de ocelos para un mercado oculto, que la transmisión del objeto blando (sentido común) de los medios de comunicación no llega ni a arañar su superficie, muy al contrario, lo vuelve objeto de identificación. La legislación con respecto a la denigración virtual es aplicada incluso en figuras colaboradoras con crímenes de lesa humanidad, que siguen siendo protegidas, para condenar el chiste sobre un pasado hiriente que es necesario transformar para que la crueldad sufrida se vuelva un elemento más del juego de la historia. Hablamos a través de los muertos, de las cunetas olvidadas, de los ALAMBRES DE espino y DE cuchillas que impiden el paso de los que huyen del horror, aunque el sistema intente borrarlo.

La construcción de fronteras al paraíso representa una devaluación de este, y de repente lo que se ha quedado fuera vuelve como terror (Letrahora 2 “Terror nombre del sujeto”).

El fanatismo ha sido de nuevo producido en el interior del sistema y éste no tiene respuesta de defensa, excepto los controles policiales, el cemento y los bolardos. A medida que se atenta contra la vida cotidiana la respuesta oficial es más demanda de seguridad, que a su vez es a duras penas difícil. El terrorismo se ha vuelto paradojal, el país que más alimenta el wahabismo (rama del islamismo) es el que más armas recibe de España, y además es aliado de EEUU (¿qué relación tienen los crímenes de Columbine y el islamismo radical?, ¿la producción de un islamismo norteamericanizado?) como si dicha dosis de violencia viniera bien al sistema, esta vez capitalista y no de Pío VI, que diría el marqués de Sade (Jacques Lacan “La ética del psicoanálisis” y Marqués de Sade “Juliette” El Marqués de Sade hace coincidir en boca de Pío VI el asesinato y la conveniencia de la naturaleza). Las facilitaciones de goce para los desechos del sistema (lumpen) van desde el narcotráfico hasta el asesinato, pero el dinero resultante de esto se reinyecta en la economía. Cada vez que sucede un acto terrorista se despliega el operativo, redes de control, redada policial, captura y localización de culpables, víctimas, medios de comunicación produciendo la constelación familiar y la hagiografía de las víctimas, más una afirmación intrigante: “Los terroristas eran gente de aquí, trabajadores e hijos de familias trabajadoras”. Esto se produce en un interior excluido, ningún expulsado de su país va a llegar a ser ciudadano europeo o norteamericano con todas las de la ley, ha de renunciar a sus costumbres, ha de renunciar a su modo de gozar, se le implantará el chip nacional y una lengua, pero tendrá que huir de su cultura hasta la asimilación total, y la familia del presunto terrorista ha de dejar bien claro su arrepentimiento ante el Dios acogedor, no ante el suyo.

En un acto terrorista la ayuda psicológica a las víctimas tiene un protocolo preciso: cumplir todas las fases del duelo, pero… ¿Cómo se puede cubrir el vacío? El despliegue de ayuda psicológica a las víctimas tiene un protocolo preciso: cumplir todas las fases del duelo, la ayuda oficial representa el tránsito por pasillos publicitarios y tiempo de caducidad de la noticia. El hombre automático es un fanático creyente del producto, eso que en todos los medios se llaman bienes de consumo, pero los bienes degeneran, no de manera inútil.

PRIMERO ESTÁ LA COMPASIÓN, esos sobrantes que sirven para calmar la distancia con el otro y que vienen bien a la caridad cristiana y luego los algoritmos que conectan oferentes y demandantes para que la cosa siga circulando e inventando nuevo valor. El sistema está diseñado para la compasión, pero no para la solidaridad, la solidaridad se persigue o se la minusvalora, pero no se la incentiva como valor de intercambio. ¿Cómo vas a ayudar a alguien sin saber si merece tu amor? (Sigmund Freud, mandamiento imposible: “amar a tu prójimo como a ti mismo”). Así, el capitalismo genera un narcisismo especial, un sujeto dispuesto a ser saturado con multitud de objetos de consumo, cuya única verdad es la orden de gozar, y a su vez un amo al que no le interesa el saber (para el capitalismo la universidad es un lujo), como saber puro -excepto como espectáculo-, sino en tanto y en cuanto este saber contiene algo del amo, es decir de obsecuencia. (José León Slimobich: Charlas y apuntes sobre el narcisismo y la paranoia. Madrid)

Crónicas de la saturación.

El capitalismo es un sistema que evoluciona por saturación, ¿su límite?, tiende a reventar, el problema es que no se sabe cuándo, y por las crisis experimentadas, tiende a hacerlo en sus elementos más bajos: inventando nuevas formas de explotación, goce y consumo, siendo capaz de correr su límite un paso más allá. Las teorías que propugnan que el límite del capitalismo coincidirá con el fin del planeta equivocan su objeto. El planeta no puede ser destruido, pero sí la cultura, la vida natural del hombre y sus condiciones de subsistencia. Han sido asolados pueblos, viviendas, costas, etc., por eso que se llaman cataclismos naturales (sin solución de continuidad con respecto al calentamiento global), pero inmediatamente después se venden billetes de avión a un turismo sensible al disfrute de la catástrofe. Los arrozales agotados se convierten en criaderos de langostinos, los manglares se salinizan y se transforman en piscifactorías. Propiedades baratas para las multinacionales, la industria no detiene su motor. La temperatura del agua se ha elevado en muchos lugares, el sujeto contemporáneo, acostumbrado ya a reaccionar poco, presenta sus credenciales a los ministerios de la impotencia. No obstante, las teorías apocalípticas (no sabemos si el apocalipsis no ha sucedido ya y estamos asistiendo a los estertores- Comentario de Diego Luís Sanromán a raíz de la publicación de su libro “Ladran los hombres” ¿Literatura postapocalíptica?) fallan en la fecha del fin, y cuando se atreven a datarla la angustia es sustituida por una conformidad posterior mayor con respecto a lo que sigue (Peter Sloterdijk “Ira y tiempo”), la fe se torna colaboradora. La idea del fin de la historia trae cola, viene desde Hegel, que hacía coincidir el tiempo con su absorción por el concepto, sin embargo la evolución del capitalismo hacia el sujeto sin rostro hace tambalear la coincidencia de lo real con lo racional, en la actualidad Fukuyama (“El fin de la historia” Francis Fukuyama) propugna un nuevo combate, las sociedades históricas -cuya defensa se basa en la falta de medios bélicos y la tensión con el sistema hegemónico- y las sociedades poshistóricas – capaces de aniquilar el planeta-, que basan su acción en la eliminación del arte, la ideología, las fuentes de pensamiento y las culturas antiguas. Las teorías que propugnan que el límite del capitalismo coincidirá con el fin del planeta equivocan su objeto. El planeta no puede ser destruido, pero sí la cultura, la vida natural del hombre. Muchos de los frentes abiertos se asientan en los orígenes de la cultura: Mesopotamia, África. Las guerras se han dirigido hacia los últimos bastiones de la esfera socialista en los países árabes, Irán, Libia, etc. Los levantamientos han sido sofocados otorgando armas a facciones formadas en el seno de la CIA que luego han producido políticas del terror. Sin olvidar esa Grecia asfixiada y expulsada financieramente.

Lituraterra y letra de la pulsión

 “Hay una letra que no le debe nada a la historia, pues no tiene un sujeto previo que la dirija, sino que lector y texto se producen a la vez” (Escuchas y praxis de “El paradigma del leer” de José León Slimobich). El capitalismo es la teoría de “egoísmo”, “sé tú mismo y que no te importe lo demás”, y del narcisismo suplementado, plagado de biografías inútiles que nunca llegan a tocar ni una brizna el campo del deseo, so lamente de la ambición con fecha de caducidad. El héroe contemporáneo es productor de hazañas irrisorias…(“El deseo y su interpretación” Seminario 6), pero siguiendo a Hamlet, su pensamiento no le deja acceder a su misma división, vivir o no vivir, tal vez morir, moverse entre el ave Fénix o las tinieblas. El psicoanálisis descubre que el hombre es mucho más capaz de hacer con lo que no sabe que con lo que sabe. “Los barnices pálidos del pensamiento tiñen la acción para nunca más merecer tal nombre” (“Hamlet” W. Shakespeare). La impotencia entra por la puerta grande. La pregunta es por qué se prefiere la inhibición a la angustia, cuando la angustia apunta a la posibilidad de que el sujeto descubra que lo que sucede es que se le han cerrado la mayoría de las salidas, rebelión sofocada. Siendo esta la época de la información, todo es difundido, sin embargo, nada que sepamos hace que nos apartemos de la hipnótica pantalla, nada enciende la llama. La barbarie de la elección de presidentes agresivos (Donald Trump, y ultraderechistas desunidos) con todo lo que no sea una política reaccionaria, ni siquiera inquieta. Los conflictos abiertos quedan en manos de fanáticos, solamente defensores de una parcela del capital, el odio ya ha sido descontado de antemano en pos de la seguridad económica y cierto acomodo laboral, en la que se goza de la miseria y de la diferencia con el otro miserable. “¿O bien el psicoanálisis es el que muestra su convergencia con lo que nuestra época revela de un desembridamiento del antiguo lazo con el que se sofrena la polución en la cultura?” (Jacques Lacan 23 “Lituraterre” Jacques Lacan. Incluido en el seminario XVIII)

Para la somnolencia general la industria cubre la falta con ansiolíticos, antidepresivos, antipsicóticos, etc., todos ellos “bloqueantes” de sustancias capaces de producir cualquier reacción al malestar. Glosas de pequeños y tranquilos mundos que detienen los movimientos fluidos y fijan la mirada en asuntos menores, produciendo fobias exteriores y nuevos modos de locura al abandonar los tratamientos, bastardos del malestar originario. Pero el lobby farmacéutico ha conseguido publicitar esos productos como “anti” cuando no han sido suficientemente investigadas las enfermedades que abordan, su taxonomía se apoya en comités de expertos de 20 minutos de duración que llenan el panorama de síndromes y divisiones de estructuras clínicas que eran menos manejables para la industria y el poder (“El manicomio químico” Piero Cipriano), su conquista llega hasta la infancia (TDH, TDA, TDAH, etc.).

La pregunta es por qué se prefiere la inhibición a la angustia, cuando la angustia apunta a la posibilidad de que el sujeto descubra que lo que sucede es que se le han cerrado la mayoría de las salidas -rebelión sofocada-. La angustia apunta a la falta de la falta, cuando no es posible mover algo porque se ha tapado el hueco para hacerlo. El psicoanálisis descubre que el hombre es mucho más capaz de hacer con lo que no sabe que con lo que sabe. La intención del psicoanálisis es hacer vibrar al sujeto del inconsciente, lo importante es la invención, la invención significante, no la coagulación en el significado, éste pierde su suerte a medida que apa rece una nueva velocidad, porque ya no son ni el tiempo, ni el espacio los apriorismos que sustentan el sujeto de la metafísica, sino que la velocidad ha conseguido arrugar el tiempo y la ubicación (el mundo se ha reducido), aunque lo cotidiano es la deslocalización del valor. La obra de Lacan (y por ende su apertura a Freud) se sustenta en el cuestionamiento de la herencia aristotélica con el cursor freudiano cuestionando la imposición del campo del silogismo para calcular lo real, un pasajero clandestino que aguardaba al campo de la metafísica, capaz de deconstruirlo (Alien, el octavo pasajero). Para ello, en textos como “L´etourdit” (el texto menos aristotélico de Lacan) – también invención significante mezcla de atolondrado y dicho-, pone a dialogar a Aristóteles con Demócrito. Revitalizando la tensión supuesta entre el mundo presocrático y el aristotélico, entre el hen (uno) y el den (falso corte del me/ dem, la nada), toda una invención significante, pues la raíz “dem” deriva de una descomposición artificial, oudhen (no-uno) que cala en el lenguaje como negación objetiva, la invención sale del ser. Para eludir todas las derivas del vacío (en oposición al Uno, al cuerpo, al Ser) Aristóteles inventó el principio de no-contradicción, a todas luces insuficiente para abordar la contemporaneidad y que deja de lado muchas fuentes de conocimiento que no se rigen por él.

La obra de Lacan se sustenta en el cuestionamiento de la herencia aristotélica con el cursor freudiano, cuestionando la imposición del campo del silogismo para calcular lo real. A Demócrito le interesaba poco el ser, le interesaba más la negación, la objetiva y la subjetiva (nada excepto alguno), que proviene de la negación objetiva, esto es lo que le interesaba a Lacan, porque necesitaba ese clinamen para equiparar a la tyche al encuentro con lo Real, y desarrollar así la desviación de lo normal.

ENTRAMOS EN EL CAMPO DEL GOCE, ¿qué queda de la invención significante? ¿Qué queda de esa división democritiana entre el uno (hen), la negación objetiva (oud-hen), la negación subjetiva (medem), y la invención significante (me/dem) ?: lo Real. (“No hay relación sexual” Bárbara Cassin y Alain Badiou/ Acerca de una lectura de “L´étourdit” de Jacques Lacan)

Para Lacan saber, verdad y real forman un nudo, no hay manera de pensarlos por separado. La letra que lee el deseo se sitúa en este campo, es decir, lo imposible de ser pensado, aunque el significante caiga del lado de lo simbólico, es esa letra la que sitúa muy bien el campo significante, es decir, donde el sujeto (no el yo) está involucrado. Una letra que alitera el sentido y lo vuelve otro, de letter (toda letra encuentra su destino más allá de los ojos de la policía, La carta robada de Edgar Alan Poe) a litter, eso que se convierte en detritus, en desperdicio, como resto de la operación entre demanda y deseo (cara oculta del capitalismo). Sabemos que es imposible enterrar el deseo, se sigue soñando (por lo menos), pero sí eliminar todo un campo de lectura bajo el paraguas de una psicología acorde con el sistema. Lo que está en juego es el sueño y la historia para un sistema sin memoria, que vuelve cíclicas todas las crisis con el olvido por medio.

“Propuestas para la reflexión”

  • La desapropiación de sentido (es el analista el que escucha no en tanto yo, sino en tanto ocupa el lugar del objeto “a” de la pulsión).
  •  El significante es un elemento no saturado que se comporta por oposición a otro significante, sin embargo, su conexión con el sentido es débil. Su localización por la letra implica que la letra de la pulsión otorga un lugar privilegiado a esta debilidad (¿el poder de lo débil?).
  • El clinamen -no es de Demócrito, pero surge del lenguaje como campo atómico-, desvío del átomo (significante), en tanto no se comporta como verdaderamente se esperaba (acontecimiento), y que tiene un paralelismo sorprendente con la sublimación como deriva del campo de la pulsión.
  • El cálamo sin escriba que inscribe ese trazo que va del papel de arroz a los ríos y surcos siberianos, las nubes, cortando el horizonte y las fábricas soviéticas, insuflando algo del vacío y de un escritor ajeno a la autoría. Nada de prestigio por la propia muerte (Hegel “Fenomenología del espíritu”),
  • lo inconsciente escribe (“Psicoanálisis nuevos signos” Pedro Muerza y José Luís Juresa).
  • No hay teleología, no se aspira a una conclusión lógica, dirigida por   ningún dios, sino a la apertura de nuevos sentidos, no hay especulación, sino lectura nodal, así se deshace la especulación binaria; no es el número 2 en lo que está implicado el hombre, sino en la curvatura del nudo, es decir el campo del goce, vuelto a sí mismo (sólo así se entiende la elección de lo peor, nada salvo alguno).
  • Y esto es una cita: “Una ascesis de la escritura no me parece que pueda pasar más que al alcanzar un “está escrito” por el que se instauraría la relación sexual”. (“Lituraterre” Jacques Lacan). – ¿una cifra? Una conexión del sujeto con eso que el capitalismo ha desechado: la brida natural del hombre con su historia y su hábitat.

(“wo es war soll ich werden”) “Donde el ello estaba el yo (sujeto) debe advenir”

Deja una respuesta