
Imagen: Jorge Cano
“Esos seres inferiores/arquitectos bailarines pescadores mineros/…paisanos y pastores artesanos y portuarios…/ Esos seres inferiores/ no sabían odiar más que al odio/no despreciaban más que al desprecio/Esos seres inferiores/ no temían a la muerte/tanto amaban al amor/tanto a la vida…/Pero/había también venidos de muy lejos/los Monopolitanos/los de la Metrópoli y el atractivo de la ganancia/…y también los misioneros y los confesionarios/…De pronto los rápidos de la Historia arrastran/sus barcos de papel moneda…”
Jacques Prévert: “La lluvia y el sol”
“Libertad, fraternidad y seguridad”. Todo está calculado, mucho más a medida que se introducen los algoritmos que prevén los movimientos de cada cual y habitamos los territorios inhóspitos transformados en hospitalarios mediante la industria del turismo. Así, en la lengua de Gaza entran al instante los algoritmos de Airbnb, que promueven la mejor oferta demanda para poblar los lugares arrebatados de habitantes efímeros y dinero boyante que redondea cualquier economía familiar. Los manglares destruidos por los maremotos de Indonesia fueron surcados por surfistas accidentales. El negocio del ocio ha borrado todo contacto con cualquier acción social, y el turista es el poblador preferente del territorio perdido. No importa su lengua, toma y paga lo que hay, sin más. Mike Davis escribía en sus “ciudades muertas: ecología del miedo” esos planes fantásticos de duplicación de ciudades, limpiando las nuevas de elementos nocivos como la delincuencia o el narco para que fluyeran por ellas los torrentes turísticos. Ha sido fácil, sin tirar de arquitectura, sin tirar de plano y ladrillo, solamente introduciendo un algoritmo necesario para que emisor y receptor más los seguros adyacentes y presiones demográficas se cuidaran de que las ciudades aparecieran sin ningún tipo de horror cotidiano.
La seguridad ya no es la garantía que otorga el Estado hacia la propiedad de la ciudadanía, sino que está en manos privadas, invaden territorios lleva-dos por un único interés, el económico. Una vez ocupados promueven la implantación de empresas interesadas en la explotación de negocios y subsuelo. De manera que los nuevos combatientes avisados de la dificultad de la ocupación plena, ya que después viene culturizar, de eso no tenemos, el texto común, la cultura general se deja en manos de la publicidad mercantil. Ya en la operación “tormenta del desierto” unos soldados del “black power” robaban el código de Hammurabi (uno de los primeros conjuntos de leyes escritas hacia 1750 AC) para repartírselo en trozos, como recuerdo de su violenta entrada en el territorio. La cultura ha entrado en el desmontaje necesario para la destrucción humana por el propio hombre.
El término black se repite en el consumo, y algún viernes de cada mes con el nombre publicitario de black Friday, se despierta la fiebre de un sujeto ávido de mercancías caducas que olvida que el sistema ha llegado a un límite, no se puede contaminar más. Sólo esa llamada al goce es capaz de burlar el desastre, es capaz de hacer olvidar el nuevo hallazgo de la civilización, la fusión -sin sujeto jurídico- de los hielos antárticos que deja aflorar nuevos minera-les (incluso negros) en un subsuelo virgen.
Se calcula como nuevo beneficio el desastre, la pérdida se vuelve ganancia si el apostador ha sabido o intuido que los números rojos iban a salir primero. El casino mundial ha logrado evitar el suicidio de los especuladores que en la crisis de 1929 se arroja-ban desde los rascacielos consiguiendo que llueva al revés, y que la gravitación económica deje flotar los cuerpos de los canallas menos escrupulosos.
No es extraño pues que el Imperio haya ninguneado las leyes de la piedra negra. El fracaso y la negligencia estaban condenados mediante el talión: La responsabilidad profesional. Un arquitecto que haya construido una casa que se desplome sobre sus ocupantes y les haya causado la muerte es condenado a la pena de muerte.
(Código de Hammurabi)
La civilización parte siempre de la barbarie (los orígenes del capitalismo, como poder de la burguesía se manifiestan más crueles que el estadio anterior de la época medieval), el enemigo son los pobres, y evoluciona reduciendo las penas al canalla y aumentándolas al bufón. Estas revoluciones silenciosas del sistema apuntan a diluir el contacto del hombre con lo más dramático de su producción a cambio de volverlo insensible a la tragedia. …conocemos menos hoy el sentimiento de odio que en las épocas en que el hombre estaba más abierto a su destino. No obstante, hoy, los sujetos no tienen que asumir la vivencia del odio en lo que éste puede tener de más ardiente. ¿Por qué? Porque ya de sobra somos una civilización del odio. (Jacques Lacan: Seminario 3 “Las Psicosis”)
Por otra parte, las grandes aglomeraciones que promueve el comercio son siempre focos de infección, desde la época de Marco Polo en Venecia, la aventura de la mercancía traía también virus y bacterias de lugares lejanos y el contacto masivo promovía rápidamente su difusión. Desde 1348 los europeos saben que las grandes ciudades comerciales son focos de infección. Constituyen zonas de riesgo en las que se mezclan de forma desordenada contactos buscados y no busca-dos. Sus habitantes han de comprender ahora que las riquezas y las infecciones van juntas. Tienen que repensar la diferencia entre revitalización y envenenamiento. (Peter Sloterdijk: “¿Qué sucedió en el siglo XX?”)
Este modo oneroso de regulación del sistema aparece como un recorte al goce excesivo, y golpea precisamente al movimiento loco que implica el motor del sistema. No hace mucho fueron golpeados los promiscuos con el SIDA, saltando a la palestra, homosexuales, actores, incluso deportistas. Actualmente es el turismo es atacado con un nuevo virus exótico.
Aparentemente el dinamismo que hizo elegir este sistema a los Estados contemporáneos se ha manifestado imposible de detener desde la palabra (cada vez más difícil de sostener) “revolución”, ni siquiera la clase proletaria (a pesar de ser más numerosa) emergente de las primeras revoluciones industriales fue capaz de, con su verdad –la huelga, el cese del trabajo-, arañar apenas su piel, eso que puso en marcha el síntoma de la contemporaneidad, la plusvalía, homológica a la parte más íntima y sufriente de cada uno, el plus de gozar.
La dromología (léase: “La administración del miedo” Paul Virilio) del sistema es paralizada por un virus, que aparece en una parte del planeta, casualmente probeta del siguiente sistema de comunicaciones planetaria, el 5G. Es impresionante observar las imágenes recibidas del estado atmosférico de Wuhan (China) antes y después de la paralización industrial. Estupor general. En la segunda guerra mundial, durante los primeros ensayos de la bomba atómica en el desierto de Nuevo México, muy cerca de Las Vegas, no se sabía aún si se había actuado con la suficiente cautela, calculando la distancia ideal entre el fenómeno y la mirada experta.
Los 30 kilómetros de separación eran suficientes a ojos del mando militar,
todo era optimismo, la moda lo vendía como espectáculo, vestidos y peinados imitaban el hongo atómico, aflojando la gravedad del asunto. El cálculo tomaba así la forma de una apuesta (eso sí que era jugar a los dados). Velocidad y efectividad soterraban el cuidado. Los efectos de la devastación sobre humanos y naturaleza se conocerían más tarde. Sólo después se comprobó que los residuos del plutonio tardan en reabsorberse casi dos generaciones. Ese horror en la piel de la tierra pone en funcionamiento en 1947 el reloj del apocalipsis, la fecha del fin del mundo. Se introduce, así, el miedo como sensación prevalente.
Eisenhower lo sabía. Con la solución propuesta para acabar con el conflicto contra las grandes dictaduras, con la solución final para salvar las democracias, también se coloca en
un borde neurótico a la democracia misma. (Emilio Gómez Barroso: “Odios” Ed. Ojos de río).
De otro lado: Desde el viaje de Colón de 1492 existe en Europa una vanguardia de inteligencias que entienden que aquello que juega con nosotros es la Tierra misma. Desde que se demostró de forma definitiva su forma esférica, se convierte en una pelota
que los seres humanos habitan y han de coger a la vez. (Peter Sloterdijk: ¿Qué sucedió en el siglo XX?)
La introducción de la Tierra como juego de la pelota, mediante la ironía de Sloterdijk, parece un
hallazgo genial, el hombre juega a la pelota, y la pelota juega con el hombre, el problema es que el jugador no se satisface con la ganancia, eso le excita, sino cuando pierde todo.Editado en: Dosier Pandemias archivos – Escuela Abierta de Psicoanálisis
