Manifiesto

Abrimos este espacio para desplegar y abrir diálogo con todas las propuestas que se cuestionen las hegemonías políticas contemporáneas, permitidas seguramente desde el adormecimiento de la ideología y el aburguesamiento de lo crítico.
Desde el sistema, todo aquello que tenga un valor es domesticado, introducido en un nicho de mercado, inflado, para luego considerarlo detritus o resto de una operación especulativa. Aunque somos conscientes de comer el mismo alimento que el resto de los mortales: dinero y miedo. Apuntamos, sin embargo, más a la subversión subjetiva que a la nostalgia de la revolución a pecho descubierto, que no fue.
No hay una lógica de la exclusión excepto expulsar lo que ya no sirve para mantener la fascinación colectiva en una pantalla que nos ordena exclusivamente gozar; gozar con el trabajo, gozar con el ocio, gozar con la esclavitud, gozar con la brevedad, gozar con la aceleración, pero no disentir. Un imperativo categórico, marca de época, el arrebato de lo íntimo, susceptible de ser incorporado al sistema de valor, mostrando así una lógica donde el cazador es cazado.
El capitalismo o la economía burguesa, como lo llamó Marx en un principio, es un sistema que se mantiene a lo largo de casi tres siglos con sus diferentes abstracciones, mostrándose capaz de devorar cualquier tipo de discurso y volverlo mero maniquí de escaparate. Se dice, en algunos lugares, que el psicoanálisis es lo único que no ha sido fagocitado por el capitalismo. Nos atrevemos a ponerlo en duda, ya que no pocas veces nos vemos requeridos a ir a la cola de los síntomas y malestares que va produciendo el sistema para suturarlos, domesticar el sinsentido y devolverlo a la cadena de producción.
La historia del psicoanálisis muestra de qué manera se traiciona la idea original de Freud para asistir a un colaboracionismo con los grupos de poder, de distinto signo, e ir derrocando movimientos populares que protestan por el escaso pago que deja la explotación de recursos en los pueblos originarios, envenenando cualquier modo de vida, y volviendo inhabitables tierras enteras. Un llamado al silenciamiento en aras de intereses que en nombre de las buenas intenciones somete y hace complicidades con lógicas perversas de dominación.
El capitalismo se alimenta del miedo, del silencio, del olvido y del glamour de lo banal; es capaz de comprar el quejío, el grito, la pena, la música de los barrios, la luz de sus creaciones, la protesta, la paz social, empaquetándolas, para después expulsarlas y desactivar su principio activo, dejando sólo el excipiente para el consumo. Sin olvidar que además la represión, la persecución y la muerte son consustanciales a este sistema de incorporación que expulsa a los márgenes o incorpora la diferencia transformándola en mercancía.
Este sistema sobrevive a dictaduras, democracias, monarquías, oligarquías y fascismos. Se podría decir que vuelve al humano mercancía y desecho, lo robotiza y le condena a trabajo penoso, sin apenas compasión.
“Habitar un capitalismo amable” esconde el decir de la domesticación y la incorporación de la diferencia, que sostiene lógicas de dominio y asimilación sistémicas. Desde ese lugar se dispone el discurso que va a dominar las siguientes generaciones, youtubers, hackers, jugadores, príncipes un día y miserables al otro. Una propuesta que aleja cualquier iniciativa donde se piense en lo común y proclive al goce privado para luego despreciarlo (vicios privados/virtudes públicas).
En este ámbito el surgimiento de los neofascismos ha coincidido con el adormecimiento del estado del bienestar, el negocio ha llegado a lo adquirido mediante las luchas, el tiempo de educación o el cuidado de la salud, que hace tiempo ya son objeto de mercado, mientras tanto en cada celular aparece el neón que anuncia que el vecino de al lado no pertenecerá nunca a mi mundo, aunque le guste lo que cuelgue en mi pantalla.
La destrucción y el saqueo de poblaciones enteras, en busca de nuevos minerales necesarios para seguir sosteniendo el orden hegemónico, se muestra como regla habitual, regla que el paso de los gobiernos va perfeccionando en pos de las alianzas corporativas que los sostienen.
Estos trazos, quizás parecen de otro tiempo, nostálgicos de una posibilidad que hoy parece escabullirse a rincones escondidos, pero que aún se mantienen en las pequeñas iniciativas, asamblearias, células que laten y muestran una esperanza, una posibilidad de otro modo de vínculo social, que vienen pregonando las mujeres desde hace siglos y por ello han sido sometidas a las lógicas patriarcales. La época nos interroga con el avance de las ultraderechas que multiplican las formas de violencia más extremas, que desprecian la vida humana, salvo la que pertenece a mi cofradía. No queremos asistir como espectadores al derrumbe del mundo tal como creímos conocer. La tierra generosa que nos da la vida hoy grita las heridas que este avance desenfrenado le inflige sin pausa, asfixiándolo y dejándonos sin aire.
Ahora bien, si planteamos este nuevo espacio es porque hemos recogido algo de la violencia y la crueldad que se produce en la destrucción de pueblos, que determina nuestra vida moral inmediata. Nuevamente asistimos al desprecio de las vidas, que siempre pertenecen a los pueblos más vulnerados. La violencia es consustancial al sostenimiento del sistema.
Durante la segunda mitad del siglo XX el mundo occidental ha vivido con la culpa del holocausto, coagulado en lo judío. El sionismo, que cobró fuerza a partir de la Shoa, no permitió su elaboración, bajo la premisa del derecho de la víctima, y se convirtió en una fuerza que lejos de representar al judaísmo, les ha convertido en victimarios, una especie de supremacía, alejada de cualquier espiritualidad. El exterminio y la limpieza étnica parecen no tener fin, y no podemos ser espectadores de la destrucción de cualquier posibilidad de lazo social que nos proponen. ‘El forajido viene a tumbar la ley y hay que matarlo en duelo al atardecer’ o dejarlo ahogarse en el mar. Esto ha hecho costura con una especie de darwinismo social, los pueblos blancos son amenazados por la expansión de los pueblos negros, indios, marrones que, se deshicieron de la colonización, y hoy en plena crisis sistémica se intenta volver a dominarlos.
Gaza es hoy el símbolo de la crisis de esta humanidad que mira por las pantallas el espectáculo de la destrucción, en pos del nuevo negocio mundial. Gaza, es el significante donde se condensa el destino del despojo de los pueblos unidos a la tierra que les da pertenencia e identidad. Gaza es el destino, el espejo donde nos reflejamos los pueblos americanos, africanos, asiáticos, que de constante somos sometidos a la destrucción y la imposición de modelos culturales unidos a un sistema de consumo que se oculta tras ellos. Gaza también es el nombre de la resistencia de los pueblos que alrededor del mundo han levantado sus voces, porque no pueden mantenerse indiferentes frente al genocidio del que son responsables los gobiernos del mundo.
Este espacio pretende albergar propuestas sociales, políticas, artísticas que aparezcan en el borde de un sistema cada vez más expulsivo y excluyente, a condición de que podamos darles una escritura posible.
¿Habrá que inventar nuevas palabras para detener la barbarie? Nada de lo que sucede nos es ajeno, no queremos estar aislados de lo que ocurre a nuestro alrededor y por eso nos adentramos en este proyecto que intenta colectivizar palabras para no hundirnos en el desaliento. Un proyecto que intentará ser dinámico, estar en movimiento, y elevar lo que recogemos a la dignidad de la cosa. Frente a la pobreza simbólica en la que nos intenta sumergir la época intentaremos oponer no solo la producción de textos, sino hacer texto de lo que nos rodea, en sus diferentes formatos, graffiti, podcast, lecturas, películas, expresiones territoriales, etc. Un intento para hacer escribir lo real y salir de la propuesta mercantilista que transforma todo en sentido común y dominio de convención durmiente.
Imagen: Cruces/Negrish
