José León Slimobich Pogarelsky

… El psicoanálisis que nos interesa es el que remite al texto sin ningún saber previo al texto que el analizante presenta, ninguna opinión.
El lenguaje habla en el texto, así para Freud y Lacan el fundamento material del psicoanálisis es la letra. Toda palabra debe engancharse a la letra, ella es la que le da consistencia y encarnación. La letra a, que es la letra lacaniana que intenta capturar lo que implica el objeto pulsional, conlleva la doble inscripción de letra y de objeto, en su fundamento.
Freud describe ese campo pulsional como la animalidad en el humano y a su vez también tamizado por del lenguaje, pero a la hora de abordarlo es escurridizo a lo racional. Podemos decir que es aquello de lo que no se tiene ni idea, lo que no puede ser pensado de ningún modo, lo que no tiene lugar ni imagen, lo que escapa a la posibilidad de ser atrapado como concepto.
Este “ni idea” es radical en su operatoria. Se trata de una lógica que no cuenta con la razón. Podemos atribuirle la ruptura con aquello que constituye la normalidad del amo; estrellar un avión contra una montaña no tiene razón, es una acción que se guía por algo que está fuera del circuito del discurso. Y es por esta otra razón, que podemos llamar mística, que Occidente enloquece por lo que no puede calcular.
Esa letra oscila como razón última de la división cotidiana en la que habita el sujeto. Aquellos que criticamos al capitalismo y sus desigualdades pero que vivimos en él negociando continuamente esta división de un modo inadvertido y, en cierto sentido, lo soportamos porque no tenemos “ni idea” de que pueda existir otro sistema que no sea el capitalismo.
Este “ni idea” lo percibimos con más claridad cuando ante la muerte de alguien se hace presente la pregunta “¿sufrió?” y el alivio de saber que eso sucedió sin tener ni idea; en cambio la frase “…luego de una larga y penosa enfermedad…” nos hace sentir el tiempo de la presencia consciente y con la más alta densidad.
Este “Ni idea” funda la posición del analista. Si él escucha a su analizante es porque esa es su posición, instituye allí la destitución de su ser y a partir de ahí toma el saber de aquel que le habla. El analista no puede entrar con otro saber en el juego que no sea el saber no tener ni idea. Lacan, desde el comienzo, llamó a esta posición del psicoanalista “la docta ignorancia”: él tiene que saber ignorar…
Del objeto-letra en juego toma eso y es lo que el analista debe saber: que ocupa el lugar del “ni idea”. La letra-objeto ‘a’ no tiene, dijimos, ni lugar, ni imagen, ni forma, ni fondo, ni sustancia, excepto aquella que esa letra-objeto anima: la sustancia gozante. Pero este goce, por todas las características de la letra-objeto, se le presenta al sujeto como goce, pero como goce opaco. Gozamos, entonces, de un objeto opaco del cual no tenemos ni idea. Ahora bien, pero de ese goce opaco algo tengo que saber y eso se realiza siguiendo el camino de la letra. Diferente es el trato que le da a esto la psiquiatría que dice: “goce opaco, pastilla buena”.
Desde nuestra perspectiva el camino de develar algo de lo que se plantea en ese “ni idea”, que es el último reducto inviolable de un “no todo se puede saber”, se pueden convocar desde los objetos de la pulsión que toman el cuerpo, ya que estos tienen la capacidad de imaginar la letra, de darle la consistencia de actos que comprometen al cuerpo.
El lenguaje toma los agujeros corporales y allí escribe, en los bordes, la ocasión del cuerpo. El cuerpo se hace en la voz, la mirada, lo anal, lo oral. De inmediato, cada uno de ellos será enfilado por el lenguaje que los escribe: lo anal y lo oral al texto de la demanda, la voz y la mirada al texto del deseo.
“De dar imagen no me privo” decía Lacan, y siguiendo su camino utilizaré el ejemplo para mostrar en acto cómo hace la demanda para presentarse en la vida cotidiana. Lo oral es, al ser ordenado por el lenguaje, que lo que entra en mi extensión del mundo me pertenece y debe responder con su ser a mi demanda, cuando esto no es así entran en juego la ira o la tristeza. Otro ejemplo es el hecho de que tengo que aceptar lo que me dan y si mi sueldo es miserable me conformo, y la argumentación que sostiene esta conformidad del sujeto es el “tengo que comer” (aunque esto suene raro en la actualidad), lo cual no tiene nada que ver con lo oral, pues, en este caso, se trata de soportar los deseos que el lenguaje porta y que ponen en juego la supervivencia, la inermidad del sujeto -y esto es lo que asegura el dueño de los medios de producción: que el trabajador comerá lo suficiente para poder retomar al otro día la jornada-.
El último ejemplo que propongo es el de la incorporación oral del otro, es lo que sucede con la llamada pareja o con otros: cuando se incorpora oralmente al otro se lo trata como a una parte del propio cuerpo; y es de allí que se vira a la pulsión anal, la demanda cambia de orientación y va del Otro al Sujeto, un Otro que demanda e insiste y al que el sujeto, entonces, puede no dar lo que pide, darlo a medias o cerrar absolutamente toda instancia de intercambio. Estas son las marcas de la moral que sobre la demanda del Otro fundan la respuesta del sujeto. El deseo nace de acuerdo con aquello que carga el cuerpo, debe ser captado, por ejemplo, en la mirada… Paso siguiente: el deseo. El deseo nace de acuerdo con aquello que carga el cuerpo, debe ser captado, por ejemplo, en la mirada. La mirada no es lo mismo que la visión, la mirada es el organizador que el lenguaje le presta al ojo para que este no se derrumbe en un caos enceguecedor.
(Sigmund Freud sobre las perturbaciones psicogénicas de la visión).
La mirada se realiza como una composición que el lenguaje brinda entre el ver y el ser visto; el objeto mirada queda incorporado al cuerpo sobre todo como ser visto por el Otro, captado en el momento de ser mirado, a veces congelado en ese movimiento, paralizado por ese ser mirado, fundamento de lo que luego será la inhibición. En la instancia simbólica de la mirada está presente el momento cultural en el que el sujeto está instalado, decimos que sucede en la historia y sus repeticiones. Este modo de pensar el deseo nos permite comprender y afirmar que el sujeto no queda determinado por la necesidad. Se puede partir de una necesidad para producir un dicho, pero sin ese dicho la necesidad no encuentra su camino de demanda y por lo tanto no puede recorrer esa ecuación hacia el deseo.
La anorexia es un ejemplo de cómo un sujeto puede abandonar su cuerpo para responder a la demanda del Otro, que le exige una sutileza del cuerpo frente a la mirada. Así vemos cómo se combinan las pulsiones. Lacan nos advierte que nunca fiemos la inteligibilidad del texto a una pulsión, pues entre el oído y la boca, lateralmente, está el ojo. ¿Cómo creer aún que las pulsiones se vinculan a los agujeros del cuerpo y no a lo que el lenguaje ha hecho con ellos, a lo que la demanda y el deseo han hecho con ellos, donde los agujeros del cuerpo son bordes de esa operatoria? Cuando presentamos así el objeto a que es el “ni idea”, diferenciamos el objeto de la pulsión del objeto del deseo. El “ni idea” es esa “nada” que Lacan nos muestra en el seminario 11 cuando luego de enumerar los cuatro objetos vinculados a los bordes del cuerpo, pone puntos suspensivos y pronuncia un enigmático “nada”.
Así comprendemos que los objetos de las pulsiones no son otra cosa que lo que se nadifica en el acto de perder el objeto. Es la pérdida radical, una falta sin continuidad que se hace presente en esa incomodidad fundamental donde el goce juega fantasmagóricamente con el sujeto. En cuanto al objeto del deseo, no se trata ya de una pérdida radical, sino de una falta… Falta de “nada”. Agujero que encuentra un sustituto en el campo del lenguaje. En esa apertura del lenguaje, el deseo hace metonimia al objeto perdido para encontrar los lugares en donde ubicarse frente a la presencia de su incompletud. Diferenciamos, entonces, entre el puro corte, la pura pérdida de las pulsiones, y el objeto metonímico del deseo que encuentra soportes en el campo del lenguaje, lo que le permiten sostener la falta… Y de ese modo sostener el deseo. El “ni idea” es esa “nada” que Lacan nos muestra en el seminario 11… Es por lo que el objeto causa del deseo es “ablata causa”. Causa ausente que el lenguaje, en su trabajo metonímico, en ciertas palabras que atraviesan la verdad -sin pretender hacerla toda-, logra objetivar. Es por ello que no hay objeto en psicoanálisis que no sea objeto de una ausencia. Escritura dada a leer en contra el hombre, contra sus racionalizaciones y engaños, contra el narcisismo y la competencia, que son las marcas de la subjetividad en el capitalismo y los síntomas de la alienación. Y cabe aclarar que no se trata de llegar a una mismidad final, algo así como un espíritu que se conocería y aceptaría a sí mismo, pues hay algo en el hablante que permanecerá secreto para sí.
¿Cómo creer aún que las pulsiones se vinculan a los agujeros del cuerpo y no a lo que el lenguaje ha hecho con ellos? Por todo esto el lenguaje no es herramienta, no puede ser tratado como un objeto para cumplir un objetivo. Es, él mismo, solución, no herramienta para arrancar un síntoma como si éste fuese un objeto que hay que quitar a un sujeto que, a cambio de tratarlo como es: una suposición, se lo hace objeto de una manipulación que lo subordina a una unidad. Si el deseo enseña algo es a sostener la división, la incompletud, el no todo, donde se asientan decisiones y sentidos, goce de un sentido real. Así recuperamos esa escritura que acontece en el habla. ¿Qué implica este modo de reflexión para la práctica del psicoanálisis?: implica que no hay diferencia entre lo individual y el espacio social, pues toda vida se juega en el campo de lo común y es allí en donde se pone en juego la eventual diferencia. Esto es así porque el síntoma, tal como lo concibe Lacan, es una cruz puesta en el camino de lo real, en aquello que debe funcionar. Recordamos la famosa frase de Bartleby, el escribiente: “preferiría no hacerlo”. Con eso conmueve todo, pues si lo que tiene que hacer no quiere hacerlo, rompe el circuito maquinal. Aquí situamos una diferencia entre la demanda y el deseo: el que asiste a la consulta demanda “quíteme usted este síntoma” y encuentra, en la mayoría de los casos, quien se pone a trabajar para quitar ese obstáculo del camino para que el sujeto prosiga en su alienación, sin saber absolutamente nada de lo que pone en juego en cuanto al deseo.
Otra es la práctica tal como la pensamos en la Escuela Abierta de Psicoanálisis: mostrar cómo la estructura de la demanda “te pido que rechaces lo que te ofrezco, pues eso no es” nos obliga a poner en juego el “ni idea”, nuestra posición de letra- objeto en el discurso analítico para interrogar la verdad en juego que, por supuesto no importa al yo, aunque proteste por ello, sino que interesa al sujeto.
Pues la verdad es una guía para el sujeto. Ahora bien, cabe la pregunta de por qué no quitar el síntoma. He señalado antes que está en juego la verdad y que esta no le importa al ‘yo’. Si el analista presenta una posición frente al síntoma que es no arrancarlo del sujeto es porque si se lo arranca, se arranca también lo real para ese sujeto. Ese real es el goce que está sosteniendo al síntoma y que viene de allí para oponerse al empuje superyoico que dice: “Goza, goza sin medida”, entonces, arrancar el goce es retornar al goce sin medida, al puro empuje, a la felicidad del sujeto sin ninguna complicación a su alienación. Esto que he planteado supone una contradicción: por un lado, el goce que empuja y por el cual el sujeto retornaría al mundo de su olvido, y a la vez es el sentido real del goce presente en el síntoma el que debemos respetar. Esto no se opone a ello
No obstante, reventamos así el circuito de la exigencia del goce superyoico para extraer ese sentido real vinculado a un goce que le da un sentido a la vida, en tanto el sujeto puede, por un momento consistente, visualizar en lo que está embrollado y, eventualmente, tomar decisiones. Cómo decir, pues decir en la teoría de Lacan es acto.
Para nosotros la historia de los pueblos y la historia del sujeto es isomórfica. No hay ninguna diferencia entre el trabajo social y el trabajo del sujeto. Así se enfrentan posiciones dentro del campo psicoanalítico, como en cualquier otro, pues todo es político. Se trata de ceñir con qué se conforma el sujeto, cómo convive con los otros en la dimensión social. Una posibilidad del análisis es que el analizante salga del consultorio diciendo “soy otro”, como si Jesucristo hubiese ungido agua bendita sobre él y lo hubiese convertido en una persona potable y accesible al sistema social. La otra posibilidad es la de una política del síntoma que admita la memoria histórica del sujeto, sus contradicciones, sus olvidos, sus traiciones, los desvanecimientos de su cuerpo, sus astucias y amores. Para nosotros, para nuestra escuela, la historia de los pueblos y la historia del sujeto son isomorfas, pues el inconsciente queda determinado por lo que ha sucedido en mi sin que lo sepa, en generaciones anteriores, en los combates y trabajos de los pueblos. No hay ninguna diferencia entre lo social y el sujeto que habla.
Es un gran esfuerzo esta posición: sabemos de las contradicciones y participamos de ellas. Para terminar, ¿qué es lo real? Es aquello que el sujeto, cuando habla del síntoma, cree que superó y, al tiempo, vuelve al mismo sitio para decirle “estás en tu casa”. Ahí es donde se sitúa el sujeto, en esa lógica, no en la novedad que se presenta bajo el modo deslumbrante de lo nuevo. ¿Qué te ofrece el sistema? El último gadget, el último auto, la última moda, la canción que suena. La ciencia, que ya desapareció, está convocada a hacer aparecer objetos técnicos que pueblen el imaginario colectivo, haciendo las veces de objetos de placer y goce. El análisis del goce es lo único que el psicoanálisis puede oponer a la lógica del valor de cambio, aunque este mismo esté cuestionado. Sin el análisis del goce no hay nada que el psicoanálisis pueda mostrar. El analista no piensa, está ahí para no tener “ni idea”. Pero ¿qué hacemos si no progresamos ni pensamos? Cuando se piensa en la última causa siempre se trata del goce. ¿Qué hacen los jueces? Gozan de ser la ley, pues la ley es lo que dicen los jueces. El goce se toma como una copia del goce del Otro, por ello, cuando el esclavo toma el lugar del amo ¿qué hace?, repite los modos de goce del amo. La reflexión sobre el goce rechaza el progreso y el pensamiento. El analista no piensa, está ahí para no tener “ni idea”. Pero ¿qué hacemos si no progresamos ni pensamos? Hacemos semblante, semblante de otra cosa. La realidad del capital es que todos somos proletarios, el dueño de la fábrica también, somos todos servidores del capital, estamos dentro de la circulación de la mercancía. Pero se puede decir “no soy ese proletario, soy este proletario”, el goce está también para marcar la diferencia, la desigualdad, la competencia de las cosas. Esto es lo más oscuro dentro de la teoría lacaniana. Pensamos que hay un goce colectivo, que el goce colectivo es el estallido social y político. Es el concierto de rock y es la rebelión frente a lo injusto. El goce colectivo aparece cuando los pueblos se levantan en efervescencia y producen un común, un entrecruzamiento que los transforma en su decisión de las cosas. Mientras tanto dormimos en los discursos sociales y de vez en cuando algo nos despierta. Ese goce, el goce colectivo, es el goce de la fiesta. Goce anónimo, cruce de calles que no se comprende, el diálogo popular más común que devuelve una imagen extraña de algo simple. Ese goce colectivo es el único que puede confrontar con ese otro goce que adviene al sinsentido de un exceso, de un sin medida que destruye la vida bajo el pretexto de la ciencia, que alienta al consumo, a la segregación, al racismo. Alguien puede advertirnos que corremos el riesgo de retornar al cristianismo, a un mensaje de esperanza, de que hay algo que nos quitaría de esa locura del ser.
No es así. Pero sí quiero mostrar que, si bien la esperanza es un síntoma de lo real, también es cierto que hay que tener ese síntoma porque no se puede renunciar a que hay camaradas, amigos, y a que el combate por la libertad no va a cesar nunca, una libertad siempre en el horizonte de lo inacabado.
Esto me hace acordarme de un escritor que viendo pasar a una mujer, siendo él ya mayor y casi ciego, a duras penas pudiendo girar su cuello para mirarla, dijo: “ esto no termina nunca “ El deseo no termina… Dura en el duro deseo de durar…
