La Memoria es única y los Olvidos muchos
Mariano Hernández de Ossorno
Si los muertos y los vivos hubiesen de compartir el mismo espacio, la cosa acabaría en Guerra Civil. Por esta amenazadora circunstancia (aunque suele mantenerse inédita, impensada) es que al Universo se le aplique, entre otras, la ardua partición del espacio entre lo Vacío y lo Lleno. Por supuesto derecho de conquista –aun cuando se trató de una expulsión en toda regla de sus gestores– le correspondió a la Tierra ocupar el área de lo Lleno, aunque ya empiece a resultar angosto, insuficiente y venga provocando –de tiempo ha– la formación de una Memoria restrictiva, constituida por la inmensa mayoría de los Olvidos.
En consecuencia, lo Vacío no ha de ser de este mundo. A lo sumo, es el nombre del temor que nos rodea y nos aísla y hasta nos protege, visible, aunque es de noche o, a mayor precisión, porque es de noche y en ella tiene la muerte su manida.
De noche, el oído sustituye al ojo. En el vacío de la noche, en la noche vacía circulan liberados los sonidos de oscuro origen (pues lo tiene) que desarman el valor de las bestias terrenales a la clara luz del día. El silencio nocturno se rompe en multitud de presagios ansiosos; saltan esquirlas que lastiman los ojos abiertos de los falsos durmientes, como los plañidos aterrados de los que ya se fueron y, desde la nada, tan cercana, pretender reclamar, con la insistencia desesperada del desalmado, el perdón que los devuelva.
Desde aquí, desde la inamovible Tierra, los Vivientes mantienen una feroz resistencia frente a los Exangües, sostenida en los exorcismos de los Olvidos, pues siendo, como así lo es, un Olvidar de peculiares y contradictorias características de lenta maduración, nos les cabe, civilmente, otra respuesta, en sus noches más dolidas.
Se trata, entonces, para entendernos, del llamado <olvido del espejo>, definido por algunos párvulos estudios del hecho, como el Olvido de sí mismo, que afecta de manera ostensible a quienes se pierden en su reflejo, del cual, por obligación, subsidiariamente, han de conservar el parecido. Porque quien se parece no es lo que parece, como de continuo se lo recuerda la manifiesta semejanza compartida con el Otro. De modo que, solo olvidando, alejándose, incluso negándose su veraz existencia, como ya ocurre en lo práctico, consigue dejar de ser una copia y, a la par, afianza su unicidad en la plena diferencia, pero sin otro argumento que el de <Tú estás muerto, Vacío, y Yo estoy vivo, Lleno> por más que habitado por insaciables Olvidos.
Pues si es meritoria la labor de la Memoria (es espejo) no lo es por, un día, airear los recuerdos dados por perdidos, sino por mantener a buen recaudo, y a salvo de cualquier escudriñamiento, el Lugar inaccesible de los secretos.
