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La fascinación por lo maquinal

Emilio Gómez Barroso

Tal vez cada uno de nosotros viva en una especie de economía primaria, de economía de supervivencia, que la época de la microtecnología ha incentivado mediante la sustitución de aparatos cada vez más sofisticados, pequeños y breves. De tal manera que, los grandes centros de información han sido introducidos en cada uno de nuestros hogares para compartir a su vez las preocupaciones del sistema hegemónico y, admitiendo que el tiempo de uso de estos está inserto en el software de los infinitos aparatos que manejamos, dependemos por ello de los acuerdos multinacionales que prescriben también el tiempo de duración de estos objetos fetiche.

A nadie, prácticamente, se le escapa que el cálculo capitalista corresponde a una fuerza obsesiva que contempla todos los nichos de la economía y que, cuando produce esos fascinantes y colosales objetos, no tiene ningún prurito en convocar a todos los actores que necesite:

“Los aparatos burocráticos y los mercados de grandeza nacional o continental corresponden a fuerzas productivas o destructivas cuyos agregados sólo pueden ser puestos en movimiento por los enormes ejércitos de trabajo y de la guerra.” (‘Antieconomía y antipolítica’/ Robert Kurz)

La dificultad o resistencia es superada con tratados que dejan de lado las supuestas soberanías nacionales para convertirse en ley prioritaria y subsumir cualquier soberanía. El último capitalismo megalofáctico ha conseguido eliminar la desconfianza que le supone entregar el poder cada cuatro años a cualquier fuerza política no deseada por su orden transnacional, y pone en funcionamiento todos aquellos poderes que necesite para realizarlo, ya que:

 “Los poderosos cañones de los inicios de la era moderna y las fortificaciones megalómanas ya no podían ser representados en la forma descentralizada y autóctona de las sociedades antiguas agrarias, sino que exigen la movilización de la industria armamentística, de los ejércitos permanentes, de la economía monetaria y de la centralización social.” (también de Antieconomía…)

Históricamente esos grandes avances tecnológicos provienen en principio de las máquinas de destrucción diseñadas por los ejércitos en las guerras para llevar a cabo su propósito…

Cada objeto de mercado que se posa en nuestras manos es incluido en el ámbito vertiginoso del valor y la diferencia, todo aparato que manejemos lleva inserto el chip de basura futura, también pendiente de ser utilizada en otra forma de negocio. El aluminio del Air Force One, símbolo otrora del mayor poder planetario, sirvió como desecho para la realización de escenas cinematográficas que generaron a su vez pingües beneficios, igualmente calculados.

No hay mayor chatarra que la que se invierte en el dominio y la subsunción de las masas mediante la fuerza. Y sin embargo, suele ser una industria pujante por cuyas venas fluye el miedo social a lo extraño.

Otra función hegemónica renovada son las big tech,que trazan los grandes mapas de localización al servicio de mentes aniquiladoras. Actualmente la localización planetaria de cualquier objetivo aparece en un mapa decodificado que permite eliminar tanto el peligro de muerte del agresor como la compasión por la víctima. Así, se ha conseguido borrar de la escena al agente dejando únicamente a la víctima.

La Wirklichkeit (lo real, lo imprevisto) contemporánea ha conseguido generar un espectador indolente mediante el mecanismo ilusorio de crear un único enemigo cada vez y aglutinar toda la opinión en la idea perversa de enemigos del sistema, cuando lo más desestabilizador viene precisamente de los agentes que propugnan el capitalismo como sistema único, con el abaratamiento de la producción, la extensión y aceleración de los procesos mecánicos, la ambición financiera, etc.

Nadie tiene todos los elementos para saber de dónde viene esta dinámica aglutinante. La mayoría de las veces, aunque sea de manera insignificante, están detrás los acuerdos marco que se adoptaron en su día para el sostenimiento del capitalismo dominante un paso más allá del sumidero que se abre bajo él(Breton Woods, Segunda guerra mundial, FMI o BCE).

El resultado: eliminación de gran cantidad de gobiernos sincréticos (unión de socialismo y localismo) para dejar aparecer fanatismos ligados a religiones más factibles al uso del odio y de la guerra. Ese sujeto del orden social, de la paz social, es un sujeto que no sabe qué lugar ocupa en la escena pero que asiste al éxtasis de la destrucción como si también estuviera fuera de ella, se soporta en:

…un juego ilusorio que consiste en aproximarse a la muerte tanto como sea posible quedando a salvo de todos los golpes, porque el sujeto, ha matado su propio deseo por adelantado, lo ha mortificado. (‘El deseo y su interpretación’/ Jacques Lacan)

Pero, volvamos a la fascinación que produce esa especie de almacén de significantes que precede a cualquier humano que acceda al lenguaje, no estando seguro de todos los elementos que confluyen en el mismo. El universo simbólico al que accedemos produce algo que va más allá de lo que supone son sus límites, muerde en lo Real, eso que no puede ser pensado, tiñendo la letra convocante de carácter fáctico:

“Cuando se habla de lo real, puede tratarse de cosas diversas. De entrada, se trata del conjunto de cosas que ocurren efectivamente. Esta es la noción implicada en el término alemán Wirklichkeit… Se trata de lo que implica de por sí cualquier posibilidad de efecto, de Wirkung. Es el conjunto del mecanismo” (También de ‘El deseo…’

En el Siglo XVIII La Mettrie y Holbach elaboran la noción del hombre máquina, en donde se plantea que todo lo que sucede en la vida mental ha de ser referido a lo material, así la stuff, la materia animada, ejerce cierta fascinación, sobre todo en el orden médico, generando un sistema que va a producir ese movimiento, pero ya no mediante algo anímico, sino mediante un mecanismo que produce el movimiento. El espíritu del sistema posee una perspectiva energética, pero la energía sólo interesa en la medida que se puede acumular, y esta se acumula en el momento en que las máquinas entran en acción. Un ejemplo al que tanto Lacan como Heidegger recurren, aunque de diferentes modos, es la central hidroeléctrica. Por una parte, una vez que aparece el campo significante es imposible volver atrás, puede que el significante se agote, pero eso no quiere decir que se haya cerrado el recorrido de este. La Stuff, la materia, eso que implica el río, los accidentes naturales, valles, montañas, es convocada por letras que le requieren un comportamiento. Es el campo significante lo que hace que esa contención de agua, y su salto posterior hacia la central eléctrica interese, sin eso no se produce energía. Un significante (río) corre hacia otro significante (central eléctrica). Cuando uno enciende la luz en su casa no piensa en ello, sin embargo, todo ese universo significante ha vuelto necesidad lo que antes era contemplación o estética natural. 

Aparentemente vivimos en un universo calculado, pero ese cálculo no es la matemática del hacedor del bien, sino de la concitación de recursos para otros fines de dominación global.

Entre tanto el animal humano, el increíble Hulk, se mueve en medio del límite del aguante, atascos de 10 días en autopistas de 50 carriles (y esto es verdad, ocurrió en China), generando escenarios fantásticos en los que parece que él es el actor y el espectador.

El agotamiento del sistema, la explosión de un sistema que siempre se espera que explote en algún momento, ha comenzado a hacerlo, pero por la parte más baja de la escena.

A pesar de que el grupo Krisis, veía agotados los límites interno de producción (ya no hacen falta más objetos de consumo, el objeto ya no genera valor), y externo (el planeta se volvió hace tiempo irrespirable y caliente), los habitantes del pueblo donde se asienta la vieja central térmica prefieren respirar carbón todos los días antes que volver a la economía de subsistencia labriega. No quieren perder la cadena que les engancha una y otra vez a la maquinaria. Economía, economía querido Horacio (Hamlet une autre fois). Y mientras contamos el dinero aguantando la respiración, porque éste se ha convertido en un valor en sí mismo sin referencia a nada o, mejor dicho, lo que posibilita la envoltura con el brillo fetichista del objeto de mercado, pero con la duda que introduce el campo del deseo de quién ama la esencia de lo amable.

A nadie, prácticamente, se le escapa que el cálculo capitalista corresponde a una fuerza obsesiva que contempla todos los nichos de la economía y que, cuando produce esos fascinantes y colosales objetos, no tiene ningún prurito en convocar a todos los actores que necesite:

“Los aparatos burocráticos y los mercados de grandeza nacional o continental corresponden a fuerzas productivas o destructivas cuyos agregados sólo pueden ser puestos en movimiento por los enormes ejércitos de trabajo y de la guerra.” (‘Antieconomía y antipolítica’/ Robert Kurz)

La dificultad o resistencia es superada con tratados que dejan de lado las supuestas soberanías nacionales para convertirse en ley prioritaria y subsumir cualquier soberanía. El último capitalismo megalofáctico ha conseguido eliminar la desconfianza que le supone entregar el poder cada cuatro años a cualquier fuerza política no deseada por su orden transnacional, y pone en funcionamiento todos aquellos poderes que necesite para realizarlo, ya que:

 “Los poderosos cañones de los inicios de la era moderna y las fortificaciones megalómanas ya no podían ser representados en la forma descentralizada y autóctona de las sociedades antiguas agrarias, sino que exigen la movilización de la industria armamentística, de los ejércitos permanentes, de la economía monetaria y de la centralización social.” (también de Antieconomía…)

Históricamente esos grandes avances tecnológicos provienen en principio de las máquinas de destrucción diseñadas por los ejércitos en las guerras para llevar a cabo su propósito…

Cada objeto de mercado que se posa en nuestras manos es incluido en el ámbito vertiginoso del valor y la diferencia, todo aparato que manejemos lleva inserto el chip de basura futura, también pendiente de ser utilizada en otra forma de negocio. El aluminio del Air Force One, símbolo otrora del mayor poder planetario, sirvió como desecho para la realización de escenas cinematográficas que generaron a su vez pingües beneficios, igualmente calculados.

No hay mayor chatarra que la que se invierte en el dominio y la subsunción de las masas mediante la fuerza. Y sin embargo, suele ser una industria pujante por cuyas venas fluye el miedo social a lo extraño.

Otra función hegemónica renovada son las big tech,que trazan los grandes mapas de localización al servicio de mentes aniquiladoras. Actualmente la localización planetaria de cualquier objetivo aparece en un mapa decodificado que permite eliminar tanto el peligro de muerte del agresor como la compasión por la víctima. Así, se ha conseguido borrar de la escena al agente dejando únicamente a la víctima.

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