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Fronteras

«Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.» 
Nietzsche en Más allá del bien y del mal

¿Qué es una frontera? Ni adentro ni afuera, una delgada línea que indica que no hay fuera del mundo.

Antes de la revolución del sedentarismo y la propiedad las tribus iban migrando  en busca de su alimento,  por lo que habría que desechar la idea de civilizaciones puras. La globalización nos muestra que la migración es un hecho extendido y sin embargo la xenofobia se incrementa a medida que aumenta su situación de carencia. Hace unos 20 años, José León Slimobich  mostraba al discurso capitalista como productor del puro presente, de la actualidad, un tiempo sin futuro y también sin memoria, eliminador de cualquier rumbo.

Abordar las migraciones parece bastante pertinente en una época de guerras, aumento del capitalismo de Estado,  la incidencia del extractivismo sobre nuestros territorios y los bienes comunes que dejan poco o ningún margen para la sobrevida.  En América Latina somos habitantes de una región que aporta una alta tasa de trabajadores y trabajadoras para distintos lugares del mundo a la par que se extraen los recursos que tampoco se quedan en la región. Se trata de la región del mundo que registra mayor desigualdad de ingresos, así lo reveló el informe sobre desarrollo humano (2019) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). 

Mucho se dice y se ha dicho de las fronteras, en principio muestra una demarcación y podríamos decir que según a qué campo de pensamiento se aplique tiene una connotación diferenciada. Para tomar el tema de las migraciones hay muchas fronteras con las que enfrentarse. Una de las primeras a atravesar, además de la geográfica,  es la lengua.

Las lenguas no son uniformes, se puede ser extranjero aunque parezca que hablamos una misma lengua. El alejamiento de la lengua materna que conlleva la migración a un país extraño, produce efectos por la pérdida obligada de la historia, y de la cultura de pertenencia, sentidas por ende como fracasos, aunque algunos criterios defienden el acceso a la diversidad lingüística como una potencia en tanto una cultura de acogida multiplica los sentidos, incorpora sentidos nuevos y pliegues que se naturalizan como axiomáticos. De manera que no solamente hablamos de la lengua como el lenguaje que nos une y nos separa, el lenguaje común, sino de la lengua que habla en cada cual, lalangue,   hecha de la lengua materna y de ancestros, de los significantes que nos donaron, aquellos que nos antecedieron y que conformaron otros pliegues más ignotos que dibujan nuestra singularidad en el lenguaje en acto. 

El fenómeno migratorio ocurre bajo la presión de un sistema específico que se organiza desde el discurso capitalista y los poderes hegemónicos, y que a su vez consume vorazmente lo que toca, aunque en ese movimiento nunca se satisfaga,pidiendo más y más (Marx utiliza para definir este abuso de recursos con la imagen mítica del tonel de las Danaides – Wikipedia, la enciclopedia libre ). Bajo esta égida se producen las dificultades con el sostenimiento del lazo social, el otro se vuelve extraño, pese a que puede ser alguien que conozco, se vuelve una amenaza porque los recursos se sospechan limitados y destinados solamente al consumo, no al uso, el uso es despreciable.  

Rechazo del amor y “puro presente” asoman como soportes fundamentales de la explotación tanto humana como de los bienes comunes,  desviados para sus intereses. Es en estas coordenadas por donde aparece la migración que es castigada, estigmatizada y expulsada.

¿Quién es ese extranjero? Es alguien extraño, que habla otra lengua, que tiene otras costumbres, otros olores.  El ojo con su poder separador, segrega todo lo que le resulta extraño y bajo la presión del sistema de valores lo discrimina, lo convierte en alguien extraño, algo que se vuelve una amenaza porque me resulta ajeno. Foucault nos mostraba los efectos políticos que tiene la segregación con el objetivo de conseguir una sociedad pura y una comunidad disciplinada. El fascismo aparece como uno de sus nombres más reconocidos. En tanto Derrida hacía notar que se puede ser extranjero aún hablando la misma lengua. Lo que muestra que no es necesario venir de ningún otro lugar, sino que la condición de extranjero puede provenir del rechazo y la segregación de lo que no encaja.

Recomendamos la entrevista: Barbara Cassin sobre «El dicho de los exilios» – YouTube

Hay un bello trabajo que hicieron Emilio Gomez y Ana Parra[1] con las y los migrantes y el aprendizaje de una nueva lengua. Allí destacaban  que la prescripción de un bien colectivo promueve la normalización como un instrumento de control que sirve para manejar actitudes extrañas que son desvíos respecto a la comunidad. La normalización es uno de los elementos problemáticos que se sitúan cuando asumimos al otro como extraño. En ese sentido la masa social se comporta como un aparato panóptico que intenta capturar lo extraño para inmediatamente expulsarlo de su espectro uniforme. El ojo que segrega lo que no se presenta en lo uniforme.

De tal modo se presenta la violencia hacia quien no se asimila a lo que considero como normal y de allí surge la marginación. Ahora bien hay algo que es necesario situar, en el campo de la segregación, por un lado la violencia, en sus diferentes modos de presentación,  que van desde la violencia más o menos explícita contra quienes no son iguales. Sin embargo, necesitamos aislar una violencia tan potente como todas las demás y es la indiferencia. Una violencia que es bastante habitual, una violencia silenciosa, que no está en las noticias.

Entonces no solo se trata del rechazo sino también de la indiferencia. Una omisión, más o menos intencionada, un olvido que deja a las personas en el lugar de desecho,   pero en unos márgenes que nutren al sistema alimentado por las diferencias.

Zizek en el libro Violencia en acto, una serie de conferencias del año 2004, ya mostraba como la apertura y respeto hacia la otredad está bien en la medida que no sea intrusiva. Allí además hacía referencia a la incorporación solapada de los valores del capitalismo en los discursos progresistas de los buenos modales, que acogen al sistema a condición que reparta un poco mejor, diríamos un capitalismo más “amable”(si es que existe) que normaliza la diferencia en su sistema de valores.  Esa tolerancia hacia el otro, coincide con mi deber de ser tolerante, lo que significa que no debo acercarme demasiado, no debo invadir su espacio y debo respetar su intolerancia hacia mi excesiva proximidad.

La reflexión hacia la acogida no nos deja indemnes. Indiferencia e intolerancia, pero solapada, nos muestran atrapados en el mismo escenario de rechazo a la alteridad, bajo diferentes ropajes. Ese rechazo hacia los márgenes produce el riesgo de estigmatizar, criminalizar a ese otro y dejarlo sin palabras, por fuera de las prácticas sociales.

“Hic sunt leones”, locución latina  antigua, que se usaba para señalar en los mapas los territorios desconocidos e inexplorados para el ser humano[2].La propuesta del psicoanálisis, como decía José Slimobich, es mirar de frente lo imposible para extraer de allí palabras, para así no suturar el síntoma que promueve la adaptación,  sino trabajar con ello. Es una forma de proponer la restauración del lazo social y en ese acto el amor como posibilidad de lazo con el otro. Ahí una especie de voracidad occidental para incluir en el mapa lo desconocido e incorporar lo extraño civilizándolo, sin embargo, no olvidemos que para muchos pueblos, el paso de un río por su tierra no implica saber dónde desemboca, para ellos ese lugar es el fin del mundo, pero esta distancia es mucho más respetable que el conocimiento del mapa, pues conlleva la desapropiación del sentido, el uso del agua y no el dominio.


[1] Lacan, amor y deseo en la civilización del odio, Universidad de Granada/EAP

[2] Representaba los límites del conocimiento y de la cartografía de la época. Esto quería decir simplemente que nadie sabía lo que había allí.

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